SUCESOS DE LA EXISTENCIA,
¿Y QUE…?
Hugo Betancur
La existencia y la realidad son conceptos
afines que aplicamos a todas
las cosas que podemos percibir, que tienen masa y forma y que ocupan un
lugar en el espacio, unas son inertes, minerales, o son fenómenos naturales, y
otras son organismos biológicos. También definimos como existentes y reales las
manifestaciones que los observadores podemos racionalizar o considerar o analizar:
nuestros juicios, nuestras interpretaciones, nuestras creencias, nuestras ideas
-surgen como procesos de la mente que
cada uno configura y comunica a su modo.
Participamos en las relaciones y eventos de
la existencia, a veces como personajes eficientes, con iniciativas coherentes y
prácticas que nos favorecen y en otras
ocasiones como personajes pasmados y desubicados, susceptibles a cometer
errores que nos afectan.
De pronto ocurren acontecimientos
imprevistos que nos causan tristeza o alegría, satisfacción o malestar.
Descubrimos que las situaciones escapan a nuestro control, que tienen su propio
ímpetu y dirección.
Imaginemos que en unas ocasiones estamos montados en un carrusel de bancas o de caballitos, girando en su inercia, y que en otras ocasiones somos quienes caminamos o trotamos alrededor empujando la plataforma para que dé vueltas. Tal vez lo mismo suceda en nuestras vivencias cotidianas: alternamos nuestros roles de personajes, en unas ocasiones protagonizando los papeles principales en que imponemos las pautas de acción, y en otras ocasiones representando papeles secundarios, sometidos al manejo que otros le dan a las situaciones.
Cuando nos llegan las crisis y las
separaciones, nuestras mentes reaccionan elaborando culpas y desasosiego: habitualmente,
negamos nuestros comportamientos que
pudieran haber precipitado los acontecimientos adversos; también podemos
representar cuadros de sufrimiento y de negación de las circunstancias.
¿Y qué…? Poco útiles resultan nuestras
protestas, nuestros lamentos, nuestras justificaciones como respuesta al
conflicto desatado -los reproches, los insultos, las reclamaciones tampoco nos
restauran la tranquilidad, si es que la
teníamos (y algunas veces nuestras quejas hasta iban dirigidas contra
Dios por permitir que nuestros sueños se desvanecieran).
Nuestros duelos nos permiten hacer una depuración
psicológica: reflexionamos sobre los hechos, desmenuzamos la trama de las
historias en que participábamos -no es
extraño que nos rotulemos como inocentes en esa transición y acusemos a otros como
causantes de nuestras desdichas, o paradójicamente nos infligimos nosotros como
un autocastigo las culpas que improvisamos-, y talvez vayamos liberando
nuestros apegos y posesividad cuando va pasando el tiempo y logramos apreciar cómo
nuestra victimización nos encierra y
obstaculiza las soluciones redentoras.
Nuestra impotencia para obtener lo que anhelamos
o ambicionamos y nuestra resistencia a los aprendizajes y a los cambios incuban
estados de infelicidad y de conflictividad persistentes que nos marginan de
relaciones acogedoras y constructivas. Cuando nuestro sistema de creencias es
muy cerrado, inexpugnable, acabado, nuestras existencias languidecen y se
tornan insociables y lastrantes.
¿Y qué…? ¿Qué resulta de toda esa psicotragedia
personalista y amañada que representamos siguiendo la negatividad de nuestros
egos y la invalidación, en unas relaciones que debimos establecer sobre
principios de libertad, de vulnerabilidad, de incertidumbre e impermanencia, que es lo propio de la vida y que todos los seres humanos debemos afrontar?
Hugo Betancur (Colombia)
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